María Izquierdo, la feminidad exaltada.

En octubre de 2012, Izquierdo fue nombrada por decreto Mujer Ilustre por el gobierno mexicano. Sus restos descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres.

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Jalisco/México/ Opinión.- María Cenobia Izquierdo Gutiérrez (1902-1955), conocida en el ambiente pictórico simplemente como María Izquierdo, nació en San Juan de Los Lagos, Jalisco. Luego de abandonar el terruño, se dirigió muy joven a la Ciudad de México, donde a su paso por la Academia de San Carlos y el INBA, tomó clases con el pintor Germán Gedovius, así como de Historia del Arte, con los maestros Antonio Caso y Manuel Toussaint.

Desde sus primeras exposiciones, María sufrió el celo y la secreta oposición de los círculos artísticos imperantes, entonces controlados por hombres. Amén de vivir en carne propia el monopolio ejercido por los pintores Rivera, Orozco y Siqueiros, quienes, se dice, ejerciendo un férreo triunvirato que les llevó a mantener el control de los muros nacionales, sabotearon al menos en una ocasión, los proyectos de María Izquierdo.

Pero la emblemática misoginia que padecieron quienes amparados en el Nacionalismo Posrevolucionario, hicieron del acontecer artístico en México, un auténtico feudo, no impidió que María realizara sus primeras exposiciones en solitario. Alentada por la crítica que auguraba el nacimiento de una novel artista en ciernes, influida al principio de su trayectoria por Rufino Tamayo, así como por el intelectual y poeta francés Antonin Artaud.

En medio de la vorágine que significó la estética Posrevolucionaria, que amparó sensorialmente a nuestro país por decenios, María consiguió apartarse de tal forma de generar arte, para dar a luz una estética propia, conformada por paisajes rurales, naturalezas muertas, circos, altares, figuras dolientes de mujeres, de poderosos rasgos indígenas.

Imágenes que representan honrosas alegorías de la dominación padecida por las mujeres de Latinoamérica, que parecieron encontrar una emergente libertad en los óleos, acuarelas o aguafuertes de María Izquierdo, que dotada de un pincel dilecto, abrió sus brazos a un surrealismo de temperamento lúdico, ahí donde los caballos, cerdos y gallinas, vibran desde la placidez de un extraño universo, el mismo en que la mística se origina al borde de un lenguaje visual que combate a los colores vivos desde los ocres, naranjas y tonalidades terrosas, para construir una perpetua ambientación de corte naif, amparada en pródigos trazos y motivos costumbristas de la recóndita provincia, que brillan al interior del óleo, como en el centro de una fábula inconclusa.

También se trató de una afectuosa retratista, que no escatimó en mostrar las bondades de una técnica que enmarca la figura humana como una pieza más del misterioso arcano de la creación, retratos de hombres y mujeres dispuestos de una providencial naturalidad, que otorgan a quien los mira la categoría de confidente. Logró constituir una crónica visual del abandono de la mujer latinoamericana de su tiempo, en obras como: “Alegoría del Trabajo” (1936) y “La tierra” (1945), obras desde donde parece emerger un grito ancestral, obras plenas de un simbolismo caracterizado por figuras indígenas de mujer desnuda, colinas rojas y motivos cósmicos que conectan al instante con el temperamento idiosincrático de México.

La fauna interior de la artista, su vario mundo emotivo, le permitieron dar a luz paisajes desérticos saturados de árboles secos, amparados por vibrantes cielos azotados por colores ocres y amarillos, figuras de seres solitarios arrancados de un sueño, que emergen a la par de añejas construcciones casi derrumbadas, y que dan testimonio de una fértil iconografía que vino a quebrantar el pretendido culto a la heroicidad practicado por los artistas del Nacionalismo Posrevolucionario.

A veces no hay personajes en la obra de Izquierdo, todo se reduce a frutas, objetos o motivos, alacenas, teléfonos, juguetes mexicanos y artículos de cocina que ejercen sobre el espectador un tan recóndito como testimonial influjo.

La artista que formó parte de colectivos de artistas revolucionarios, la misma que encabezó manifiestos a favor de la inclusión de las mujeres en la vida artística de México, se pintó a sí misma ataviada de trenzas y un traje típico exaltado por un rebozo rojo, deliciosa como una pitahaya, amparada por una paisaje montañoso, y franqueada por una columna que sostiene una figura de su animal favorito, el caballo: eterna metáfora de las fuerzas contradictorias de la natura, poseedor de una heroicidad que no es humana sino animal, dueño de una fidelidad que rebasa las fronteras de lo físico.

También-en otro cuadro- aparece mirando hacia lo eterno, vestida de un sencillo traje marrón que se disputa en el color la voluptuosidad de su piel morena, mientras que detrás suyo vibra un simbólico cielo de tonalidades grises y azules, otorgando majestuosidad a una imagen que la hace ver apacible, con la exótica grandilocuencia de una deidad afroantillana.

A pesar de las voces de la crítica de su tiempo, que a menudo tacharon a su obra de primitiva, María Izquierdo, tras sentenciar lacónicamente: “es un delito ser mujer y tener talento”, logró exponer su obra en Nueva York, Santiago de Chile, Guatemala, Panamá, Brasil, Lima, La paz, Río de Janeiro, Bombay, París, Tokio.

La jalisciense que sufriera la trágica parálisis de la mitad de su cuerpo, sin que ello le impidiera continuar pintando, murió tras una embolia el 3 de diciembre de 1955, en la Ciudad de México.

En octubre de 2012, Izquierdo fue nombrada por decreto Mujer Ilustre por el gobierno mexicano. Sus restos descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres. A la distancia, recordamos a María Izquierdo por sus paisajes desérticos, que retoman una sincrética mexicanidad que nada tiene de conmemorativa, también sus potentes imágenes producto de una pulsante búsqueda interior, que supo entrelazar origen, circunstancia y destino, al interior de una envoltura visual tan impactante como su novísima estética.

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