Magdalena: extensión del Paisaje Agavero

En sus campos no hay hoteles que impidan ver la belleza del panorama plantado de agave azul

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Jalisco/Noticias.- Cuando se recorre el camino a Tequila, se pasa por El Arenal, Amatitán y Tequila, pero no muchos siguen más allá al estar concentradas las atracciones y tequileras en esos municipios.

Sin embargo, el cuarto integrante del grupo que compone el Paisaje Agavero es Magdalena, a 20 kilómetros de Tequila.

Sin miedo a exagerar, es entre estas dos poblaciones en las que el Paisaje Agavero verdaderamente hace honor a su nombre, pues en sus campos no hay hoteles, venta de cantaritos o de recuerdos que impidan ver la belleza del panorama plantado de agave azul.

No todos saben que este pueblo tequilero tiene una laguna que tiene historia que viene desde tiempos precolombinos (cuando se llamaba Xochitepec). Que la minería de los semipreciosos ópalos es una de sus industrias locales y que se trabaja la obsidiana, lo que la hermana con Teuchitlán.

Si bien la plaza principal de Magdalena no es muy grande, las casas señoriales que la rodean sí lo son.

Museo

Entre ellas está el Museo Interpretativo del Paisaje Agavero y la Minería, que es lo que queda de la construcción original levantada en 1869 y que ocupaba toda una cuadra.

La casa perteneció originalmente a una de las familias de mayor prosapia en el Paisaje Agavero, los Orendáin. Lo demuestra el escudo señorial que está en la reja de madera que da acceso a la casa.

En él se lee el lema de la familia: «Primus mori quid tradi» («Primero muertos que traidores«).

Hasta 1940 la casa permaneció en manos de los Orendáin. Posteriormente la vendieron a otro propietario, de nombre Silviano, según cuentan las guías del museo, que hace más énfasis en la actividad minera de Magdalena que en la producción de tequila.

Los Orendáin producían sus tequilas en una hacienda a 40 minutos del centro de la población. En la taberna (nombre de las antiguas destileras) están las tinajas excavadas en la piedra, donde fermentaban los jugos del agave.

El museo inicia con la reproducción de las dos tumbas de tiro descubiertas cuando se hicieron los trabajos de la autopista a Puerto Vallarta. Las tumbas de tiro contenían, aseguran, sesenta mil objetos.

Hay, además, restos de vestigios indígenas, tan antiguos como cuando pasaron por ahí los aztecas en búsqueda de su lugar designado. Dejaron una representación de su dios mayor, Huitzilopochtli.

El museo abarca hasta la época moderna. Al final muestra los tequilas que han hecho los Orendáin y otras empresas y familias.

A partir de este punto, la visita al museo se torna, por lo menos, muy divertida, pues al fondo del lugar hay un mural que, con intención o por accidente, crea ilusiones ópticas inesperadas.

Hay en él un caballo pintado que, cuando se posa junto a él, parece sacar la cabeza de la pared para comer lo que se le ofrece. Otra parte del mural integra a los personajes a un paisaje agavero en la pared.

Tal caballito es muy famoso y se hacen visitas exclusivas para posar con él.

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El museo tiene sus propias ánimas en pena.

De acuerdo a la amable Señora Norma, mi guía en el recinto, el Silviano mencionado arriba no se resigna a que la casa ya no le pertenece. Por ello hace saber su disgusto a visitantes y trabajadores asustándoles con toda suerte de recursos.

También hay una mujer que llora, y un niño que también pasa penas. Ambos se dejan ver de vez en vez, erizando la piel de quien llega a encontrarlos.

Sea por Silviano o por sus acompañantes, puertas y muebles suelen moverse sin la intervención de nadie (nadie vivo, se entiende). Hay ruidos, se caen objetos y hay visiones fantasmales.

A la Señora Norma le arrojaron un pesado cuadro. También contó cómo otra obra pictórica fue bajando poco a poco de la pared hasta quedar en el suelo, o como Silviano la agredió con una tarima.

«Suelo hablarle con palabrotas; le digo: ‘Por eso, pues, cabrón, ¿qué quieres, Silviano? Ya déjame en paz. La casa ya no es tuya‘», comenta.

En temas del más acá, muestra también una preciosa escultura de obsidiana, obra de los orfebres locales que consiguen piezas magníficas.

El auditorio municipal, de nombre Rubén Arce Velador, es un cine con más de cien años de antigüedad. Al ser remozado, se encontró en él un patrimonio de anuncios de cine con los que solían publicitar las películas de estreno.

Atractivos

Para visitar, está la laguna y los bosques que rodean Magdalena, visitas a las minas de ópalo (piedra que es muy apreciada por los japoneses, que compran grandes cantidades), y el centro del poblado. Dicen que la fachada del templo principal tiene forma de calavera.

Para comer se recomienda un lugar de venta de birria y otro de mariscos a un par de cuadras de la plaza principal.

Magdalena (nombrada así en honor a la princesa hija del cacique tecueje Goaxicar, bautizada con ese nombre cuando se convirtió al catolicismo) es la parte menos visitada del Paisaje Agavero, la que sin duda vale la pena conocer.

Fotos de Fabio Mendoza

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